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    ¿Cristianas y feministas?

    julio 10, 2015

julio 10, 2015

¿Cristianas y feministas?

Hace unos días me llamó la atención escucharle a una amiga decir que ella era Cristiana y feminista. Ambos términos me parecieron tan antagónicos que mostré mucho interés en escucharle, cómo según su perspectiva esto podía ser posible.

Entendí que su planteamiento exhaustivo se resumía a ejercer el derecho a la “igualdad”.

Por mi parte yo le decía que era menester entender que no somos iguales, desde una perspectiva de género, roles y funciones en la tierra. Pero que esas diferencias no hacían a un género en particular más o menos que al otro. Simplemente nos hacen diferentes.

Ciertamente Dios no hace acepción de personas, de forma tal que El NO unge, cubre, ama, ministra y bendice géneros sino espíritus; y en eso no hay hombre ni mujer, Judío o Gentil, libre o esclavo; las bendiciones y herencias que vienen por medio de Cristo nos hacen a todos igualmente amados, igualmente redimidos e igualmente glorificados.

La diferencia ocurre en el ejercicio de nuestra actividad de traer el cielo a la tierra, tenemos roles diferente y desempeñamos funciones diferentes en el contexto de autoridad y Señorío aquí en la tierra. Este Señorío y autoridad primero se ejerce en el hogar para luego afectar nuestro contexto social y cultural.

Pero debemos dejar de mirar el feminismo sólo desde una perspectiva natural y tratemos de entender el contexto espiritual. El feminismo no se dio como una respuesta al machismo. En realidad se dio a causa de la falta de un verdadero Sacerdocio en el hogar, donde el hombre, muestre a la mujer su lugar de influencia. Como lo muestra Proverbios 31

“Sus hijos se levantan y la llaman dichosa; también su esposo la congratula: «Muchas mujeres han hecho el bien, pero tú las sobrepasas a todas.» (Proverbios 31:28-29 RVC)”

Pues mientras en el orden de Dios, el hombre como cabeza representa la figura de autoridad, por otro lado la mujer como vestidura ocupa un lugar de influencia. Juntos son, el reflejo de la iglesia radiante que Cristo se presentó para sí mismo.

“Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla. Él la purificó en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo como una iglesia gloriosa, santa e intachable, sin mancha ni arruga ni nada semejante. (Efesios 5:25-27 RVC)”

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Pero no déjenos que el enemigo nos ciegue y ejerza sobre nosotros ningún espíritu de engaño. De forma tal que la mujer no trate de obtener “redención” o “autoridad” por medio de la rebeldía, como lo hacen los que no conocen a Cristo, sino que con sabiduría de lo alto tomamos forma de siervas y nos sometemos a Cristo como cabeza al actuar en sujeción a nuestros esposos.

De esta forma, el sistema de desorden que el diablo trata de implantar en nuestros hogares por medio de la ausencia de un verdadero sacerdocio se vea contrarrestado por un sistema de honra del Reino, donde la mujer conoce su lugar de influencia y se humilla a Dios para que sea El quien la exalte, pues Cristo es su cabeza, y más aun a causa de su testimonio traerá a convicción a su esposo.

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Con esto no pretendo silenciar las voces de aquellas mujeres que estén en condición de abuso; ¡de ninguna manera! Dios no hace acepción de personas y una vez más les digo que no tiene favoritismos por géneros (masculinos o femeninos). Nos hizo iguales con lugares y funciones diferentes en el matrimonio. No para competir sino para avanzar más rápido, pues uno complementa al otro. Tampoco estoy secundando la mentalidad religiosa que no permite que la mujer ministre o la mentalidad machista que quiere castrar la posibilidad de una mujer de ejercer en cargos de liderazgo.

Estoy hablando de que el feminismo en el matrimonio siempre va a llevar a competir por quien es la cabeza y nos guste a no, en el diseño de Dios el hombre es la cabeza. Pues el matrimonio tiene un simbolismo espiritual elevado. Representa la Unión de Cristo con la iglesia.

Por eso cuando la mujer conoce su lugar de influencia al Sacerdocio de Cristo ya no estará más sin cabeza sino que ganará la autoridad en el plano espiritual para que desde la obediencia y la honrar someta todo Espíritu (que habita en los hijos de desobediencia) a Cristo, esto incluye al esposo no creyente.

Ejercer nuestro lugar de influencia es entender la autoridad de Cristo primeramente y ser partícipes de ese hermoso misterio de unión de Cristo como cabeza de la iglesia. No somos débiles, ni desvalidas, por el contrario nuestro lugar de influencia nos da autoridad para someter todo principado y potestad que esté tratando de robar, hurtar y destruir en el hogar.

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“porque el esposo es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así como la iglesia honra a Cristo, así también las casadas deben honrar a sus esposos en todo. (Efesios 5:23-24 RVC)

Nos sometemos como una estrategia de resistencia espiritual que pretende conquistar el desorden con honra y por lo tanto el diablo huirá. Por eso el verso anterior dice: “casadas honrar a sus esposo.” Pero de ninguna manera nos hace débiles, sino que nos hace peligrosas para el reino de la oscuridad. Porque desde siempre y por siempre la simiente de la mujer herirá al enemigo en la cabeza. ¿Y a eso llamamos debilidad?

Nosotras entendemos que no estamos buscando convertirnos en la cabeza de la casa, sino que lo que queremos es restituir el Sacerdocio en el hogar. Esa es la meta!!!

Sumisión es el acto de desatar, por medio de nuestra humildad, el poder de Dios, conferido en autoridad a Cristo, sobre una circunstancia. De modo que dicho poder actúe a nuestro favor y llevemos cautiva toda altivez y desobediencia a los pies de Cristo.

Sumisión es un acto de obediencia natural que desata un rompimiento espiritual.

Pero una vez más, no seamos engañadas con falsas ideologías y posturas de autoridad que a la final traen un nuevo espíritu a nuestro desorden “el Espíritu de división y contienda” 

Mantengamos el amor que es el vínculo perfecto